Una larga historia de acoso escolar.

Un padre pide para su hija un cambio de centro para alejarla de un compañero que la ha pegado durante años.

MAR FERRAGUT. PALMA  Tiene once años y estudia 1º de ESO. Pero su historia como víctima de acoso escolar comenzó hace tres años, cuando aún iba al colegio y un compañero la insultaba, la amenazaba e incluso llegó a agredirla. Su padre, Francisco López, pensaba que al llegar la Secundaria y pasar al instituto, su hija podría empezar a ir a clase sin miedo. Pero no contaba con que se reencontrarían en el autocar, que utilizan alumnos de varios institutos. Volvieron los insultos y las agresiones, la depresión y las visitas al pediatra. La conselleria de Educación intervino y ahora el chaval (denunciado dos veces por el padre en la comisaría) viaja sentado junto al monitor, pero a Francisco López eso no le basta y quiere cambiar a su hija de centro para que pueda por fin respirar tranquila.

Francisco López muestra copias de las denuncias presentadas y un parte de lesiones.

A. estudiaba 5º de Primaria cuando sus notas empezaron a bajar de forma repentina. Decía que había un compañero de clase, repetidor y dos años mayor que ella, que le molestaba, pero en el colegio aseguraban a Francisco que eran “cosas de niños”. La niña llegaba con la mochila llena de polvo cada día de las patadas que este compañero, que justo se sentaba detrás suyo, le daba de forma continua. También había días que llegaba llorando cuando él le había insultado, llamándola “gorda”, “orejuda” o “puta”, o le había dado un puñetazo o una patada. Su padre lo pidió varias veces, pero no consiguió que le cambiaran de clase (al menos sí lo cambiaron de sitio). “Siempre me daban excusas”, explica. En mayo de 2010 empezó a ir a la psicóloga, con síntomas de depresión.
La situación llegó a un episodio extremo en abril de este año. Un día la niña entró en el baño y él la siguió, la empujó contra la puerta y le dijo: “Hasta que no me beses o te acuestes conmigo no te voy a dejar en paz y te voy a estar pegando hasta que no me beses”. La niña se quedó paralizada y estuvo tres días negándose a ir al colegio por miedo. Tuvieron que ir a ver a la pediatra, que, por su cuenta, se puso en contacto con la conselleria de Educación y con la directora del centro: “Os estáis cargando a una niña de diez años”, le dijo.