El abuso de los fuertes

Mujerhoy.com

El acoso escolar es un proceso que empieza con insultos y que suele acabar en agresiones físicas. Una violencia diaria que se construye sobre la falta de empatía del agresor, la vergüenza de la víctima y la ignorancia de los adultos.

picAlgunos colegios se han convertido para determinados niños en campos de batalla donde sufren humillaciones de todo tipo. El acoso es un proceso que empieza con insultos y que, con frecuencia, acaba en agresiones físicas. En los patios de los centros escolares siempre ha existido este problema en algún grado, pero el actual resulta preocupante. Todos los días, tanto niños como niñas son víctimas de acoso escolar por parte de sus compañeros, que son –supuestamente– más fuertes que ellos por tener más edad o tamaño, o por ser más “populares” o aceptados por el grupo.
Aparentemente, recibir un insulto, una amenaza o, incluso, un golpe de un compañero no parece algo grave; la parte más dolorosa va ligada a que es algo constante, que se repite probablemente a diario. El acoso puede ser físico o verbal; puede tratarse de insultos o burlas basados en una diferencia racial, un rasgo físico, una característica de personalidad…
Muchos padres se preguntan cómo evitarlo. En primer lugar, conviene mantener una buena comunicación con el niño y saber de qué modo está integrado en el colegio. Tiene que hablar del abuso y para ello tiene que tener confianza en la protección que se le va a dar y el caso que se le va a hacer. Muchos chicos mantienen en silencio esta situación porque temen que el agresor se vengue y lo ataque aún más. También es bueno conocer a sus amigos y pedir reuniones con el tutor si se detectan dificultades. Lo más importante es escucharle. Cuando un chaval dice que no quiere ir al colegio, hay que investigar qué pasa. Nunca es una excusa sin más. Esa negativa delata siempre la existencia de un problema, ya sea con los estudios o con los compañeros. Para analizar el acoso que sufren muchos niños conviene tener en cuenta dos dimensiones: la social (¿por qué se espera tanto a solucionar los problemas de acoso?, ¿por qué no se puede ver lo que pasa hasta que la situación alcanza un punto de gravedad irremediable?); y la psicológica (¿qué características personales tienen las víctimas del acoso y sus agresores?).
Desde el punto de vista social, no se puede aislar el problema. Lo que ocurre en los colegios es un reflejo de la sociedad, de la educación emocional que reciben y de la transmisión de los valores que interiorizan. La dimensión psicológica siempre es compleja, más aún por la etapa de la vida en que se producen tales situaciones: la mayoría, entre los 11 y los 15 años, cuando la adolescencia llama a la puerta. En este periodo, los chicos sufren una auténtica conmoción interna: abandonan su identidad infantil y comienzan a construirse como adultos; se empiezan a separar de los padres y reproducen con los iguales el tipo de vínculo que han aprendido en su infancia. Arminda Aberasturi, psicoanalista experta en la adolescencia, afirma que las luchas y rebeliones de los adolescentes no son más que reflejos de los conflictos de dependencia infantil que íntimamente aún persisten. Las víctimas Las presas de los acosadores son niños cuya estructura psíquica no les permite manejar la agresividad sin sentirse culpables. Exigentes consigo mismos, tienen miedo de que pedir ayuda a los adultos signifique que les critiquen por blandos o inseguros. Además, no quieren ser chivatos. Incluso llegan a preguntarse: “¿Me mereceré lo que me ocurre?”. Son inocentes, pero se sienten culpables. Por eso, no responden a sus agresores y vuelven hacia ellos la agresividad recibida. Algunos expertos señalan que provienen de familias donde han sido demasiado protegidos. Suelen ser responsables y, como todos los púberes y adolescentes, necesitan integrarse en un grupo y por ello aguantan la violencia. Su debilidad consiste en que no han aprendido a manejar su agresividad. Ahora bien, siempre se encuentran en un momento de fragilidad, pues buscan construir una identidad que aún no saben cómo va a ser. Esta fragilidad propia de la edad por la que atraviesan es la que, junto con la represión de su agresividad, abre una grieta que aprovecha el acosador para intimidarle.  Los acosadores Los chicos que van de matones son futuros adultos perversos, que se justifican culpabilizando a la víctima de que se merece lo que le ocurre. ¿Dónde aprendieron esta forma de relación con el otro? En su familia. Por lo general, a sus padres les cuesta asumir que su hijo pueda ser autor de comportamientos agresivos de este calibre. Muchas veces los disculpan diciendo que son “cosas de chicos”, actitud con la que intentan banalizar un talante que, en cierto modo, comparten. De esta forma, no les responsabilizan de sus actos. La mayoría de los expertos coinciden en que detrás de un niño agresor puede haber un niño que ha experimentado algún tipo de abuso por parte de su familia, que puede consistir en una suerte de abandono, donde no hay límites o no son ni claros ni justos.
La experta en acoso moral, Marie France Irigoyen, señala que los perversos son irresponsables porque carecen de una subjetividad real. Intentan descargar sobre otro el dolor que no quieren sentir y las contradicciones internas que se niegan a percibir. Solo se valoran en detrimento de los demás.
En última instancia, las razones de la violencia se sitúan como una respuesta a la imagen social del maestro y la pérdida de figuras de autoridad a los que los chicos respeten. Además de los acosadores y las víctimas, están los compañeros que miran, callan y aplauden, para no convertirse en víctimas también.  Evitar errores

  • No hay que mirar a otro lado. Los adultos implicados en la educación de un niño no pueden dejar pasar una agresión, ya sea de acto o de palabra. Siempre hay que ayudar a la víctima y sancionar al acosador. Los padres tienen que enseñar a su hijo a defenderse, pero también tienen que pedir en el colegio que vigilen y pongan freno a las acciones violentas.
  • Los niños no hablan por vergüenza o porque piensan que si sus compañeros no les quieren, tampoco lo harán sus padres. No desear ir al colegio, estar triste y silencioso, son síntomas de una situación que hay que investigar.
  • En los colegios tendrían que evitar que un niño se tenga que marchar porque le acosan, son los acosadores los que tendrían que irse. Los profesores no enseñan solo conocimientos, también relaciones de convivencia y tendrían que intervenir cuando registran una agresión.
  • Hace pocos meses, Mónica, una niña de 16 años, se suicidó en Ciudad Real después de sufrir acoso. Una semana antes, su padre había acudido al IES para expresar su preocupación. El instituto solo había notado que la niña faltaba mucho. ¿Se podría haber evitado?

¿Qué podemos hacer?

Las partes implicadas en el proceso educativo pueden ayudar a prevenir las situaciones de acoso:

  • LOS PADRES: tienen que conocer a su hijo e intentar no alejarse en la adolescencia, pero tampoco angustiarse ante la separación que poco a poco él va proponiendo. Hay que tener confianza y buscar las ayudas necesarias. Los padres no tienen por qué sentirse culpables si sus hijos tienen conflictos: es un periodo complicado. Si miran hacia atrás, verán que también ellos tuvieron problemas que quizá no han resuelto. Tal vez haya llegado el momento de enfrentarse a ellos.
  • EL SISTEMA EDUCATIVO: el colegio es un marco privilegiado para aprender a pensar. ¿Qué pasaría si un experto explicara en clase que lo que le ocurre al matón es que todavía se está peleando con unos padres de los que se siente demasiado dependiente? Nada más eficaz que desmontar la imagen que tiene de sí mismo ante sus compañeros, esos espectadores silenciosos que todo agresor necesita. Si algo nos define como seres humanos es la capacidad de empatía, de colocarnos en el lugar del otro para comprenderle. Esta es la capacidad que no tiene el acosador.
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